6 etapas de peaget
EL DESARROLLO MENTAL DEL NIÑO
El desarrollo psíquico que se inicia con el nacimiento
y finaliza en la edad adulta es comparable al crecimiento
orgánico: al igual que este último, consiste esencialmente
en una marcha hacia el equilibrio. De igual
forma, en efecto, que el cuerpo evoluciona hasta un nivel
relativamente estable, caracterizado por el final del crecimiento
y por la madurez de los órganos, también la vida
mental puede ser concebida como si evolucionara en la
dirección de una forma de equilibrio final representado
por el espíritu adulto. Así pues, el desarrollo es, en un
sentido, un progresivo equilibrarse, un paso perpetuo de
un estado menos equilibrado a un estado superior de
equilibrio. Desde el punto de vista de la inteligencia, resulta
fácil oponer la inestabilidad y la incoherencia relativas
de las ideas infantiles a la sistematización de la
razón adulta. En el ámbito de la vida afectiva, se ha observado
a menudo que el equilibrio de los sentimientos
aumenta con la edad. Las relaciones sociales obedecen,
finalmente, a una idéntica ley de estabilización gradual.
Sin embargo, una diferencia esencial entre la vida del
cuerpo y la del espíritu debe ser subrayada desde el principio,
si queremos respetar el dinamismo inherente a la
realidad espiritual. La forma final de equilibrio alcanzado
por el crecimiento orgánico es más estática que aquella
hacia la cual tiende el desarrollo mental, y primordialmente
más inestable, de tal modo que, una vez finalizada
la evolución ascendente, se inicia automáticamente
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una evolución regresiva que conduce a la vejez. Ahora
bien, ciertas funciones psíquicas, que dependen estrechamente
del estado de los órganos, siguen una curva análoga:
la agudeza visual, por ejemplo, alcanza un tape
hacia el final de la infancia para disminuir seguidamente,
y diversas comparaciones perceptivas son reguladas
también por esta misma ley. Contrariamente, las funciones
superiores de la inteligencia y la afectividad
tienden hacia un «equilibrio móvil», tanto más estable
cuanto más móvil es, de tal forma que, para los espíritus
sanos, el final del crecimiento no indica, en absoluto,
el inicio de la decadencia, sino que autoriza un progreso
espiritual que no tiene nada de contradictorio con el
equilibrio interno.
Por tanto, vamos a intentar describir la evolución del
niño y el adolescente en términos de equilibrio. Desde
este punto de vista el desarrollo mental es una construcción
continua, comparable a la edificación de un gran
edificio que, con cada adjunción, sería más sólido, o más
bien, al montaje de un sutil mecanismo cuyas fases graduales
de ajustamiento tendrían por resultado una ligereza
y una movilidad mayor de las piezas, de tal modo que
su equilibrio sería más estable. Pero, entonces, debemos
introducir una importante distinción entre dos aspectos
complementarios de este .proceso equilibrador: es
conveniente oponer desde un principio las estructuras
variables, definiendo las formas o los estados sucesivos
de equilibrio, y un cierto funcionamiento constante que
asegure el paso de cualquier nivel al siguiente.
Efectivamente, cuando se compara al niño con el
adulto, puede ocurrir que nos sorprenda la identidad de
las reacciones (se habla entonces de una «pequeña personalidad
» para decir que el niño sabe lo que desea y actúa
como nosotros en función de intereses preciáis) o que
descubramos muchas diferencias —en el juego, por ejemplo,
o en la forma de razonar, y se dice entonces que
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«el niño no es un pequeño adulto». Ahora bien, ambas
impresiones son auténticas, correlativamente. Desde el
punto de vista funcional, o sea, teniendo en cuenta los
móviles generales de la conducta y el pensamiento, existen
funciones constantes, comunes a todas las edades: en
todos los niveles la acción supone siempre un interés
que la desencadena, tanto si se trata de una necesidad
fisiológica, afectiva o intelectual (la necesidad se presenta,
en este último caso, bajo la forma de una pregunta
o un problema); en todos los niveles la inteligencia intenta
comprender o explicar, etc. Ahora bien, aun cuando
las funciones de interés, de la explicación, etc., son comunes
en todas las etapas, o sea «invariantes» como fimciones,
no por'ello es menos cierto que los «intereses»
(por oposición al «interés») varían considerablemente
de un nivel mental a otro, y que las explicaciones particulares
(por oposición a la función de explicar) tienen
formas muy distintas según el grado de desarrollo intelectual.
Junto a las funciones constantes debemos distinguir,
por tanto, las estructuras variables y es precisamente
el análisis de estas estructuras progresivas, o formas
sucesivas de equilibrio, el que indica las diferencias
u oposiciones de un nivel a otro de la conducta, desde
los comportamientos elementales del recién nacido hasta
la adolescencia.
Las estructuras variables serán, por tanto, las formas
de organización de la actividad mental, bajo su doble
aspecto motor o intelectual, por una parte, y afectivo,
por otra, así como según sus dos dimensiones individual
y social (interindividual). Para un& mejor comprensión
distinguiremos seis estapas o períodos de desarrollo, que
señalan la aparición de estas estructuras construidas sucesivamente:
L° La etapa de los reflejos o ajustes hereditarios,
así como las primeras tendencias instintivas
(nutriciones) y las primeras emociones. 2.° La etapa de
las primeras costumbres motrices y de las primeras per-
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cepciones organizadas, así como los primeros sentimientos
diferenciados. 3.° La etapa de la inteligencia sensoriomotriz
o práctica (anterior al lenguaje), de las regulaciones
afectivas elementales y de las primeras fijaciones exteriores
de la afectividad. Estas primeras etapas constituyen
por sí mismas el período del lactante (hasta la edad
de un año y medio a dos años, o sea anteriormente al
desarrollo del lenguaje y del pensamiento propiamente
dicho). 4.° La etapa de la inteligencia intuitiva, de los
sentimientos interindividuales espontáneos y de las relaciones
sociales de sumisión al adulto (de los dos a los
siete años, o segunda parte de la «primera infancia»).
5.° La etapa de las operaciones intelectuales concretas
(inicio de la lógica), y de los sentimientos morales y sociales
de cooperación (de los siete a los once-doce años).
6.°Xa etapa de las operaciones intelectuales abstractas,
de la formación de la personalidad y de la inserción afectiva
e intelectual en la sociedad de los adultos (adolescencia).
Cada una de estas etapas se caracteriza, por tanto,
por la aparición de estructuras originales, cuya construcción
Ja distingue de las etapas anteriores. Lo más esencial
de estas sucesivas construcciones subsiste en el curso de
las ulteriores etapas, como subcstructuras, sobre las que
vienen a edificarse los nuevos caracteres. De ello se desprende
que, en el adulto, cada una de estas etapas pasadas
corresponde a un nivel más o menos elemental o
elevado de la jerarquía de las conductas. Pero a cada
etapa le corresponden también algunos caracteres momentáneos
o secundarios, que son modificados por el
desarrollo ulterior en función de las necesidades de una
mejor organización. Cada etapa constituye, por tanto,
mediante las estructuras que la definen, una forma particular
de equilibrio, y la evolución mental se efectúa
en el sentido de una cquilibración cada vez mejor.
Entonces podemos comprender lo que son los meca-
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nismos funcionales comunes a todas las etapas. Puede
afirmarse, de una forma totalmente general (no solamente
comparando cada etapa con la siguiente, sino cada
conducta, en el interior de cualquier etapa, con la conducta
siguiente) que toda acción —o sea todo movimiento,
todo pensamiento o sentimiento— responde a una necesidad.
El niño, al igual que el adulto, no ejecuta ningún
acto, exterior o incluso totalmente interior, más que
impulsado por un móvil, y este móvil se traduce siempre
en una necesidad (una necesidad elemental o im interés,
una pregunta, etc.). Ahora bien, tal como ha demostrado
Claparéde, una necesidad es siempre la manifestación
de un desequilibrio: hay necesidad cuando
algo, al margen de nosotros o en nosotros mismos (en
nuestro organismo físico o mental) se ha modificado, y
se trata de reajustar la conducta en función de este cambio.
Por ejemplo, el hambre o el cansancio provocarán
la búsqueda de alimento o de reposo; el encuentro de
un objeto exterior desencadenará la necesidad de jugar,
su utilización con fines prácticos, o suscitará una pregunta,
un problema teórico; una palabra pronunciada por
otra persona excitará la necesidad de imitar, de simpatizar
o engendrará reserva u oposición debido a que entra
en conflicto con alguna de nuestras tendencias. Inversamente
la acción finaliza cuando existe una satisfacción de
las necesidades, o sea cuando se restablece el equilibrio
entre el nuevo hecho, que ha desencadenado la necesidad,
y nuestra organización mental tal como esta se presentaba
anteriormente a él. Comer o dormir, jugar o alcanzar los
objetivos, responder a la pregunta o resolver el problema,
lograr su imitación, establecer una relación afectiva,
mantener el punto de vista, son satisfacciones que, en
los ejemplos precedentes, pondrán fin a la conducta particular
suscitada por la necesidad. En cada instante, podría
decirse así, la acción está desequilibrada por las
transformaciones que surgen en el mundo, exterior o in-
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tenor, y cada nueva conducta consiste no sólo en restablecer
el equilibrio, sino también en tender hacia un
equilibrio mási estable que el del estado anterior a esta
perturbación.
La acción humana consiste en este mecanismo continuo
y perpetuo de reajuste y equilibramiento, y es por
ello que, en sus fases de construcción inicial, puede considerarse
a las estructuras mentales sucesivas que engendran
el desarrollo como otras tantas de equilibrio, cada
una de las cuales ha progresado en relación con las precedentes.
Pero debe comprenderse también que este
mecanismo funcional, por general que sea, no explica
el contenido o la estructura de las distintas necesidades,
puesto que cada una es relativa a Ja organización
del nivel considerado. Por ejemplo, la visión de un mismo
objeto desencadenará preguntan muy distintas en un
niño pequeño, que aún es incapaz de poder clasificar,
y en uno mayor cuyas ideas son más extensas y más sistemáticas.
Los intereses de un niño dependen, por tanto,
en cada instante, del conjunto de sus nociones adquiridas
y de sus disposiciones afectivas, puesto que él tiende a
complementarlas en el sentido de un mejor equilibrio.
Antes de examinar detalladamente el desarrollo, debemos
limitarnos a poner de relieve la forma general
de las necesidades y los intereses comunes a todas las
edades. Puede decirse, a este respecto, que toda necesidad
tiende: 1.° a incorporar las cosas y las personas
a la actividad propia del sujeto, y por tanto a «asimilar»
el mundo exterior a las estructuras ya construidas, y
2.° a reajustar estas en función de las transformaciones
experimentadas, y por tanto a «acomodarlas» a los objetos
externos. Desde este punto de vista, toda la vida mental,
así como también la propia vida orgánica, tiende a
asimilar progresivamente el medio ambiente, y lleva a
cabo esta incorporación mediante estructuras, u órganos
psíquicos, cuyo radio de acción es más o menos extenso:
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la percepción y los movimientos elementales (prensión,
etcétera) dan en primer lugar acceso a los objetos próximos
y en su estado momentáneo, y posteriormente la
memoria y la inteligencia prácticas permiten simultáneamente
reconstituir su estado inmediatamente anterior y
anticipar sus próximas transformaciones. A continuación
el pensamiento intuitivo refuerza estos dos poderes. La
inteligencia lógica, bajo su forma de operaciones concretas
y, en resumen, de deducción abstracta, da término
a esta evolución convirtiendo al sujeto en dueño de los
acontecimientos más lejanos, tanto en el espacio como
en el tiempo. Así pues, en cada uno de estos niveles, el
espacio cumple, por tanto, la misma función, que es la
de incorporar el universo a él, pero varía la estructura
de la asimilación, o sea las sucesivas formas de incorporación
de la percepción y del movimiento hasta las operaciones
superiores.
Ahora bien, al asimilar de esta forma los objetos
tanto la acción como el pensamiento se ven obligados a
acomodarse a ellos, o sea, a reajustarse con cada variación
exterior. Se puede denominar «adaptación» al equilibrio
de estas asimilaciones y acomodaciones: esta es
la forma general del equilibrio psíquico y el desarrollo
mental aparece entonces, en su progresiva organización,
como una adaptación siempre más precisa a la realidad.
Y son las etapas de esta adaptación lo que vamos a estudiar
seguidamente.
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